Años 1973-1980 Regreso a Algeciras: el recuerdo.
 

RAMÓN PUYOL: La pasión de la pintura.
TEXTO DE RAFAEL GARCÍA VALDIVIA.
Catálogo Algeciras 1981

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Ramón Puyol ha sido, indudablemente, un pintor de vocación precoz. Tan precoz, como intensa y mantenida.
A la edad en que a la mayoría de nosotros nos sale el primer bozo y la primera novia, a la edad en la que todos o casi todos estamos todavía en el colegio o el instituto luchando con las matemáticas y el latín, a la edad en que nuestras madres empezaban a considerar seriamente la conveniencia de ponernos el pantalón largo, porque el espectáculo de nuestras piernas no podía ser más deplorable, a esa edad, a los trece años, Ramón había ingresado ya en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando de Madrid.
Fue una toma de estado, temprana, segura y decidida. Iba a ser pintor, y lo primero era aprender el oficio.
Entre esa fecha decisiva, 1920, y la de su vuelta a Algeciras en 1973, casi toda una vida. Una vida azarosa, intensamente vivida y espléndida artísticamente a la hora de evaluar su fecundidad. Una vida dedicada exclusivamente a una pasión: la pasión por la pintura.
Por temperamento, nervio y vocación, Ramón ha vivido su vida de pintor tutelado fundamentalmente por dos magníficos ángeles de la guarda: Goya y Solana. A su deuda con ellos y con todo el expresionismo español, que nunca ha negado, ha sumado algo que para él era punto menos que imposible no añadir: su cualidad y su calidad de hombre del sur. Como casi todos nosotros, Ramón es una sabia mezcla de judíos, moros y cristianos. Pero todos del Mediterráneo. Uno es siempre de donde fue su infancia, y la de Ramón pertenece a la Bahía.
Ramón aboceta con sombra tostada, y eso puede ser un Lucas. Pero acto seguido se lanza sobre el lienzo con los amarillos y los cobaltos, y eso es un Puyol.
Se le ha situado también en alguna ocasión entre los pintores de tradición expresionista centroeuropea. Yo creo que es cierto. Pero los motivos que hayan podido justificar esa adscripción son para mí meramente circunstanciales.
En la época del cartel político, de la caricatura y del panfleto, ha sido cuando han aparecido en su obra las tintas sombrías, lo surrealista, el grito brutal y desesperado. Ello ha ocurrido porque, con sabio eclecticismo, Ramón ha usado en cada momento del leguaje más conveniente al servicio de la idea que necesitaba exponer.
Entonces, y algo más tarde, durante la primera postguerra pasada en las cárceles. Ahí queda, esa crónica diaria y exacta del exilio interior, hecha día a día en los calabozos de Gobernación, en Porlier, Las Salesas, Comendadoras...
Con parcos medios de expresión, lápiz, carbón, tinta, los cuadernos de apuntes se fueron llenando de escenas vividas, de cuerpos sin esperanza, de los retratos de los compañeros que iban siendo llamados a capilla, y cuyos rostros sin futuro Ramón fija por última vez sobre el papel.
Pero cuando termina la pesadilla, cuando vuelve a la luz, todavía helada, de las calles de Madrid de 1946, cuando hay que recoger los propios pedazos, ponerlos en su sitio, y seguir viviendo a toda costa, cuando Ramón empieza a tener una vida familiar, íntima, y comienzan a cicatrizar algunas heridas, vuelve también el hombre del Sur.
Se multiplican los dibujos y acuarelas, los óleos y grabados con las escenas familiares: la mujer, la hija que crece en cada apunte, los paisajes del Rastro bullicioso bajo la nieve o bajo el sol, los tipos de las tabernas, la gente de la calle... Vuelve la voluptuosidad del color, la delicadeza y la ternura, la ironía y el humor.
Son años difíciles en los que el trabajo es una necesidad y un bálsamo, al que se entrega con rigor, con profesionalidad y con infinito gozo.
Por fin, en 1973, vuelto a Algeciras una vez terminada la libertad provisional, Ramón se lanza en busca de su tiempo perdido. Moja la magdalena en el té, y un torrente de recuerdos, de vivencias, de experiencias, se abate sobre él. Los días lejanos de vino y rosas comienzan a desfilar como fantasmas por su cerebro. Surgen los escenarios queridos de la infancia bajo el cemento y las grúas que renuevan la que fue pequeña ciudad dormida en la Bahía, que la cambian de aspecto, la disfrazan, la destruyen.
Sin embargo, sus ojos de niño asombrado atraviesan los muros de hormigón y el asfalto de las avenidas, y consiguen ver todavía el empedrado de las calles y las paredes encaladas, los antiguos cafés, las fachadas singulares, los carruajes de caballos, los mariscadores, la Feria junto a la Perseverancia, Los Carnavales en la Plaza Alta, la piedra de la Galera, el Kursaal...
Pinta frenéticamente. Lo que ve y lo que vio. Se abandona en una borrachera de color, de imágenes, de sensaciones, de recuerdos, de visiones imborradas, de olores y sabores de humedades y levantes, de arenas, de chaparros, de higueras y espinos en flor.
Lo quiere pintar todo, todo... Y lo pinta, me atrevería a decir que con esa sensación de embriaguez, de seguridad, de placidez, de infinito placer que deberíamos sentir, si nuestra memoria nos permitiera recordarlo, en el claustro materno.
Notario que da fe de un tiempo viejo y de un tiempo nuevo, valiente unas veces, suave y delicado otras, con pincelada segura, acuarelada o empastada, vibrante de color, o sorda en los sienas y ocres, su obra sigue haciendo renacer en nosotros la añoranza del pasado y la tensión del presente. Creo sinceramente, que para hablar de Ramón Puyol, pintor, es inevitable hablar de pasión: de pasión por la pintura.
Qué otra cosa podría decirse de alguien como él, que a los ocho o nueve años, sin dejar de ser un niño, un niño querido por los suyos, un niño feliz que correteaba por las calles de Algeciras a la salida del Colegio, o iba con sus padres a merendar a Gibraltar, sin dejar de ser un niño, se iba también a la playa de Los Ladrillos con una cajita de pinturas, posiblemente inglesas, a hacer una marina en la tapa de una caja de habanos, y las más de las veces era desalojado expeditivamente de allí por el carabinero de turno que no quería testigos molestos, ni aunque tuvieran ocho o diez años, y estuviesen inocentemente pintando una marina en la tapa de una caja de habanos.
De qué otra cosa, sino de pasión por la pintura, podría hablarse, en un pintor que, a los setenta y cuatro años, sigue pintando, otra vez frente a la Bahía, sentado ahora en el tiempo recobrado, porque los años y la historia no pasan en balde.
Entre esos dos momentos, una vida. Y una sola pasión; la pasión de la pintura.
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1981 y 1993: Homenajes.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
TEXTO DE RAFAEL GARCÍA VALDIVIA. Catálogo Algeciras 1981.