Años 1947-1950: años difíciles. Exposiciones.
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Pintor de “brocha gorda”
(Fragmento de entrevista de P. Poza 1979)

Galería 5

La libertad, aunque fuese provisional, le trae el primer problema. Tiene que comer. Hay que buscar trabajo. No se lo piensa dos veces: pintará. Pero, en esta ocasión, por todo trabajo encuentra uno de “pintor de brocha gorda”. Alquilando la escalera.
Trabajo y esfuerzo no compensan.
La vida gasta esas bromas. Ramón Puyol, Medalla de Oro en la Exposición Nacional de 1933, máximo galardón para un artista español, se ve pintando cocinas, fachadas ....
“No me iba aquello –sigue con sus bromas-. Lo dejé y continué buscando trabajo”.
En esa búsqueda sufre los desengaños que da la vida. Los que consideraba amigos, y a los que recurre le dan, la mayoría la espalda. Unos por temor, otros por falta de verdadera amistad ...
Pero no se desanima, sigue su lucha. Poco a poco va situándose dentro de su verdadero campo: el artístico. Trabajo duro y vive en Madrid hasta que en 1968 su madre se pone grave. Le avisan. Dª Lucía tenía 96 años, una edad en la que la ciencia poco puede hacer para salvar lo imposible. Fallece Dª Lucía y Ramón Puyol, recibe un nuevo golpe, de los muchos que le ha prodigado la vida.


Exposición
“Cien Acuarelas sobre temas ferroviarios”
Critica Exposición
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1951-1972: Exilio interior y refugio en la vida familiar.
Exposición en Buchholz.
  Folleto de mano de la Exposición de 1947 en la Galeria Buchholz de Madrid firmado por Eugenia Serrano:
 
   
  
Ramón Puyol, al que muchos ven con recorte y atuendo de vasco deportivo o de behemio, allende el Pirineo. Con sus zapatos –de esos que los ingleses pueden mercarse en Gibraltar- que han andado muchos caminos, con sus ojos velados, donde, por profundo recato, el alma se nubla de lejanías.
Pero sin perder nunca la memoria de la callecita primera por donde se paseó la infancia; sin apagarse jamás la centella dela tierra carnal, la solera de raza que concentra e incorpora en sí todo mejorándolo, Ramón Puyol, andaluz de veras.
Andalucía, que vale tanto como decir España. Fina, honda y fría, con el abrasador frío del hielo. Sin panderetas. Prohibida para los turistas. Secreta, ponderadísima y profunda. La de Ramón Puyol, que halla su tierra habitual, en patria artística y sentimental en Madrid.
Este Madrid que hoy nos ha pintado inmerso en el clima de él. Pero sin ablandarse, deshacerse o extraviarse en la facilidad de la obra inmediata. Sin la débil concesión de poetizar las cosas. Sólo el apasionamiento por el color y la forma rigurosas, denunciando castamente extrañas y auténticas armonías. La destartalada y castellana plaza de los Carros, la angustiosa y romántica a puro ciudadana, de la Cuesta de los Ciegos, la agria alegrías de las Vistilla. También en esas tabernas donde el mirar, las palabras y los cuerpos nadan en un mar de color caoba y vino lento.
Aquí Ramón Puyol presenta Madrid sin trampas ni tópicos; captado con precisión matemática, arquitectónica, otorgado por la paleta de la vida misma, con concepción descarnada, rigurosas, de pasión verdadera y, por tanto, fría y contenida.
Nada de dar pie -¡ay, crueldad esencial normativa de las viejas razas¡ - a la simulación, el sentimentalismo o la pintura literaria. Con la pura precisión del arte, con el prístino, noble y ponderado aliento que palpita sereno en lo que permanece. En este arte de Ramón Puyol, cuya concepción especial y trascendente, pese a su maestría y perfecto dominio de óleo y acuarela, merece salirse de tan limitados marcos y reincorporarse a la gran tradición mediterránea: la pintura mural.
Exposición de 1947 en la Galeria Buchholz de Madrid firmado por Eugenia Serrano